Hoy quiero compartir con vosotros unas reflexiones que realicé durante una de las asignaturas del Máster de musicoterapia. Creo que es interesante compartirlo sobre todo con mis compañeros musicoterapeutas, ya que fue parte de mi descubrimiento sobre lo que era y no era un musicoterapeuta, y sobre la función que tenemos.
Durante el máster, a veces nos muestran la figura del musicoterapeuta como alguien "todopoderoso", que puede estar en todos lados interviniendo para "hacer un mundo mejor". Pero también nos mostraron la imagen de un musicoterapeuta que a veces no es necesario, u otro que se equivoca y mete la pata hasta el fondo, para aprender cómo poder ayudar.
Estamos acostumbrados a hablar y contarnos multitud de cosas todos los días... Pero...
¿También escuchamos? En mi opinión ésto es algo que a veces se nos olvida también
en terapia parar de hacer cosas y escuchar a las personas que tenemos alrededor para ver
cómo son, cómo están y qué necesitan de nosotros. ¿Y tu, has escuchado hoy?
La verdad es que a veces un musicoterapeuta no hace falta ni siquiera que intervenga en sesión: No somos indispensables, y tampoco somos dioses. Hay momentos donde nuestros pacientes necesitan su espacio, para explorar y compartir, necesitando que nos alejemos y que les dejemos solos. Necesitan que les dejemos un espacio y un tiempo para que hagan lo que en ese momento tienen que hacer. Hay momentos donde lo verdaderamente indispensable es que el terapeuta haga de colchón y sea el paciente el que elabore su propio proceso.





